El testimonio de Domitila Chungara: LA MASACRE DE SAN JUAN

Fue en el amanecer del 24 de junio del 67 que ocurrió la otra gran matanza que nosotros la llamamos la masacre de San Juan. Fue una cosa te...

Fue en el amanecer del 24 de junio del 67 que ocurrió la otra gran matanza que nosotros la llamamos la masacre de San Juan. Fue una cosa terrible, porque todo se nos llegó de sorpresa.En todo el campamento se escuchaban los cohetes, los cohetillos que acostumbramos reventar en esa fiesta y que son una manera de manifestar nuestra alegría. Y entró el ejército y empezó a disparar. Esto confundió mucho a la gente, ya que al principio, se creyó que todo aquel ruido era de los cohetes nomás.
El ejército planificó todo. Entró gente como civiles, En vagones entraron por la estación de Cancañiri. Bajaron, metieron bala a todos los que encontraron en su camino. ¡Fue algo terrible, terrible!…
En la madrugada tocó la sirena del Sindicato en forma alarmante. Esta sirena suena una sola vez al día, a las 5 de la mañana, para despertarnos. Solamente suena en otra hora cuando hay alguna emergencia. Es bien-bien fuerte esa sirena. Dicen que era de un barco.
Tocaba entonces la sirena y prendimos la radio. Y allí escuchamos que el ejército estaba atacando y que teníamos que ir a resguardar a nuestra emisora.
Abrimos las puertas. Pero ni bien las abrimos que empezaron otra vez a disparar. Ya estaban parapetados. Contra todo y contra todos disparaban.
¿Y por qué? Bueno, pues, porque se había enterado el gobierno de que al día siguiente habría la asamblea, o sea el ampliado de los secretarios generales, para plantear otra vez nuestros problemas, ¿no? Y el gobierno no quería que eso ocurriera.
En ese tren tuvimos que corretear las mujeres para recoger y salvar a los heridos y evitar que los compañeros, ya eufóricos, quisieran ir a enfrentar esa lluvia de balas.
¡Cuántas cosas vimos esa noche! Por ejemplo, vi a un trabajador, con su pierna macillada, salir con su vieja pistola a querer enfrentar al ejército. Pero nosotras pudimos quitarle el arma y esconderla. Y como lo vieron macillado, no le hicieron nada.
En una ambulancia vi a una señora que andaba embarazada y a quien le habían tirado un tajo en el vientre. Su hijito se murió.
Una otra señora me gritó: “¿Qué le ha pasado a mi hijo? ¡Auxílienmelo… auxílienmelo!”… Yo alcé al chico y lo saqué afuera de su casa. Y cuando estaba por meterlo a la ambulancia, lo hice sentar sobre mí… y vi todo su cráneo vacío.
Bueno, escenas que nunca he de olvidar, que las vivo y que realmente fueron cosas desastrosas. Han habido familias íntegras muertas. ¡Ha corrido sangre a morir!…
Ha muerto gente así, en la cama, porque disparaban a lo loco, a lo loco, contra todo.
En una casa, por ejemplo, entró una bala y mató al señor, y, por extraña coincidencia, rebotó en la pared y mató a la esposa. El chico es huérfano y vive todavía en Siglo XX.
El ejército rodeó la radioemisora y los soldados querían matar a todos los que la habían hecho funcionar. El dirigente Rosendo García Maisman salió de su casa a defender la emisora. Su compañera quiso detenerlo, pero él dijo que primero estaba su labor. Cuando llegó al local de la radio, ya habían herido al locutor en la pierna. Y un militar iba a blanquearlo. Y Rosendo mató al militar, salvando al herido. Pero hubo un tiroteo entre ellos y llegaron más militares, agarraron y mataron a Rosendo, metiéndole dos balazos en la nariz. Y así murió él, defendiendo un bien del pueblo. No se sabe cuánta gente murió.
Y cuando, al día siguiente, en el cementerio se enterraban los muertos, cientos y cientos de muertos, yo me subí arriba de una pared. Y de allí hablé y denuncié:
—No se puede aguantar esto. ¿Cómo es posible que a la clase trabajadora, a la gente que se sacrifica, que está trabajando, que está enriqueciendo al país, se le tenga que matar así? No es justo lo que han hecho con nosotros. Si el gobierno mismo nos ha quitado nuestro salario, y lo único que pedimos es lo que en justicia nos corresponde… Y que nos maten así, no es justo. ¡Cobardes! ¡Maricones! —les grité.
Y como esa vez había guerrillas, les dije:
—¿Por qué no van allí a las montañas? Allí hay hombres armados que los están esperando. ¿Por qué no van a pelear en ahí? ¿Por qué vienen a matar aquí a la gente sin defensa? ¿Y cómo se atreven a hacer eso, si gracias a los trabajadores ustedes pueden disfrutar de comodidades, de casas, de carros, de paseos?
Así, hice una crítica de todo. Y pregunté también:
—¿Y ustedes piensan que, por tener unas cuatro armas, pueden así humillarnos? Nosotros también tenemos pantalones, tenemos hombres valientes. Y solamente porque no tenemos armas no podemos defendernos de este asesinato. Bueno, eso pasó el 25 de junio.
Bastó eso para que, dos días después, vinieran a apresarme. Rompieron la ventana de mi casa en la noche y entraron como maleantes. Revisaron toda la casa y dijeron que yo había matado a un teniente en la noche de San Juan, en la puerta del Sindicato. Mentira, yo ni había aparecido en tal puerta…
Fuente: “…Si me permiten hablar” testimonio de Domitila una mujer de las minas de Bolivia.Viezze, Moema. 1977.

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